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Las aguas del Atlántico, el océano que hizo un imperio de
Portugal en el siglo XVI, muestra en esta costa su cara más salvaje,
aunque, al mismo tiempo, más bella también. En el camino que
recorremos desde Ericeira hasta el Cabo de Roca, junto a las azules aguas,
nuestros compañeros de viaje serán los escarpados acantilados
que limitan las tierras del país.
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| Acantilados como el de la imagen muestran
la cara más salvaje de la costa portuguesa |
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Sin embargo, los acantilados también se ven sorprendidos de vez en
cuando por suaves playas de aguas yodadas y orladas de rocas, que
parecen ser oasis de tranquilidad en medio de los salvajes acantilados.
Muchas de ellas, además, también son unos escenarios naturales
casi vírgenes. Siempre con el océano como vigilante, llegaremos
hasta el majestuoso cabo de Roca. La leyenda se funde con la geografía.
La tierra se acaba. Estamos en el punto más occidental del continente
europeo. Impresiona saber que, salvo las islas Azores, nada se interpone
entre nosotros y la tierra firme del Nuevo Mundo.
Mirando a la lontananza, se elevan las robustas siluetas de viejos
faros, que rememoran tiempos pasados, batallas navales libradas en
estas aguas revueltas y desembarcos de piratas. Hoy, sin embargo, el surf
es el gran protagonista. Sólo hace falta tener un poquito de valor
para montarnos en una tabla, porque las olas se encargan de poner el resto.
Eso sí, después de disfrutar de la zona y hacer un poco
de deporte, la mejor opción es reponer fuerzas con los magníficos
pescados y mariscos de los pescadores de la zona.
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| En medio de los escarpados acantilados
surgen algunas playas tranquilas |
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Ericeira rinde tributo a sus hombres del mar en la playa de los Pescadores.
Es impresionante ver la enorme pared que se levanta en la ensenada y cómo
sirve para sustentar las casas. Esta villa está consagrada por
entero al mar, pero esta playa también tiene su historia particular.
Testigo muda de numerosos naufragios a lo largo de los siglos, también
vio partir, el 5 de octubre de 1910, al rey Manuel II rumbo a Gibraltar
para exiliarse en Inglaterra, una vez que había estallado la Revolución.
Recorriendo los acantilados, entre la playa de los Pescadores y la playa
de los Baños, se yergue la inconfundible fachada verdiblanca del
Hotel de Turismo, reflejo de una forma de veranear. En aquellos
años 30, cuando ir a bañarse era un lujo al alcance de pocos,
en este balneario se alojaban las familias más acomodadas de Lisboa.
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