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| La zona agrícola de Mafra recuerda
en muchos aspectos a La Mancha |
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Desde Mafra hasta Queluz. A través de vastas zonas agrícolas
poco explotadas, delimitadas por estas dos villas reales, recorremos
un terreno que no está bañado por las aguas del Atlántico
y que está limitado por el costado oriental del Parque Natural de
Sintra-Cascais, el llamado interior, pero que cuenta entre sus muchos atractivos
con algunas de las mejores tradiciones culinarias portuguesas, como el famoso
lechón de Negrais. Junto a esto, según bajamos hacia Lisboa,
encontraremos ruinas prehistóricas e, incluso, raras huellas de dinosaurios.
Pero vayamos paso a paso...
Nuestra ruta comienza al norte de esta zona, en Mafra. En medio
de esta enorme llanura, las tierras agrícolas de Estremadura rodean
a la villa y se ven salpicadas por los típicos molinos de viento.
En estas tierras ventosas, estos molinos recogen historias y más
historias de los sacrificios de los agricultores de la zona. Sudores y
alegrías con la recogida del grano, al pie de los muros blancos
y los zócalos azules de estas construcciones soñadas por
Don Quijote y que también existen al margen de La Mancha española.
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| El Palacio Nacional de Mafra también
tiene que ver con España, con El Escorial |
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Al hablar de Mafra hay que hablar obligatoriamente de su Palacio y su
Convento Nacional. Nada más llegar, es fácil apreciar cómo
toda la vida gira entorno al Palacio. Se trata de un impresionante
edificio que recuerda al Monasterio de El Escorial, aunque sus dimensiones
son incluso mayores, abarcando 213 por 244 metros y albergando en su interior
666 salas. Es, en definitiva, un verdadero laberinto de estilo barroco
'joanino', considerado como la mayor construcción religiosa
del mundo.
Su historia se remonta al año 1717, cuando Joao V, el Rey Sol
portugués, lo mandó construir como cumplimiento a la
promesa que realizó al nacer su primer hijo, fruto de su matrimonio
con María Ana de Austria. Gracias al oro que venía de Brasil
y bajo los planos del arquitecto alemán Ludwig, conocido en Portugal
como Ludovice, las obras se prolongaron varias décadas y el resultado
es lo que hoy tenemos delante de nuestros ojos.
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