Ruta 31. De Leiria a Alcobaça. La historia deja su huella
35 kilómetros aproximados
Tres
poblaciones, tres, que nos hacen rememorar tiempos pasados e insignes de la
historia del país. En Leiria resuenan todavía los pasos del primer
rey de Portugal, D. Afonso Henriques, y la incipiente convocatoria de Cortes
realizada por Afonso III. En Batalha está vivo el recuerdo de la batalla
ganada a las tropas castellanas. Y en Alcobaça es imposible no recordar,
en los muros de su abadía cisterciense, las historias que contó
Umberto Eco en ‘El nombre de la rosa’. El Patrimonio de la Humanidad
de la UNESCO tiene también una cita obligada.
Romanos, visigodos, árabes y judíos pasaron por Leiria. Ahora,
en cambio, nos toca el turno a nosotros, que llegamos a esta bella ciudad siguiendo
el asfalto de la A8. Ubicada a los pies del río Lis, en una riquísima
zona natural en la que fluyen multitud de cuencas fluviales, en Leiria se nota
el peso de la historia nada más contemplar su castillo, que vigila imponente
los alrededores de la comarca.
El
castillo de Leiria fue mandado construir por el mismísimo Dom Afonso
Henriques en 1135, encontrándose hoy en perfecto estado gracias a la
rehabilitación realizada por el arquitecto Ernesto Korrodi. La capilla
románica de San Pedro, que hasta finales del siglo XIX se utilizó
como granero, es otro atractivo arquitectónico de esta ciudad, a la que
también se suman la catedral y la iglesia de San Francisco, ambas con
toques renacentistas. A todo esto hay que añadir el placer que supone
pasear tranquilamente por la alameda del Dr. José Lopes Vieira, junto
al Lis, y sentarse en el jardín Luis de Camoes que mira con placidez
al río.
En Leiria tomamos la Estrada a Batalha. Apenas son doce kilómetros
los que separan una población de otra, pero en la villa de Batalha la
historia vuelve a pedir la palabra. La majestuosidad del Monasterio de Santa
María de la Victoria o de Batalha se aprecia desde la carretera. Estamos
ante la cumbre del estilo gótico en Portugal, una construcción
que fue mandada edificar por el rey Joao I como cumplimiento de una promesa
realizada a la Virgen por vencer a las tropas castellanas en la batalla de Aljubarrota
en 1385.
En este monasterio también hay un hueco para el estilo
manuelino. Los arbotantes, arcos, ventanales, pináculos y ornamentos
vegetales adquieren un protagonismo supremo. La imponencia del Sepulcro al Soldado
Desconocido y la techumbre inconclusa de las Capillas Imperfectas, junto a los
claustros y la Sala del Capítulo son obras supremas de la arquitectura.
Por todo ello, no es de extrañar que este Monasterio sea Patrimonio de
la Humanidad.
Saliendo
de Batalha por la carretera 356, con dirección a Fátima, entre
olivares y pinares, encontramos la iglesia de la Misericordia, un templo donde
el manierismo y el barroco son los protagonistas, y el mirador de Reguengo do
Fetal. Sin embargo, nuestra ruta nos ha de llevar hasta Alcobaça, a través
de la N- 8. Recorremos los veinte kilómetros que nos separan de esta
población que está rodeada por verdes colinas y que es famosa
por sus manzanas, sus cerámicas, sus cristales y las dulces “broinhas”
del Monasterio.
Y es que en Alcobaça se encuentra el Monasterio que fue
fundado por el rey Afonso Henriques y donado a la Orden del Cister. La abadía
francesa de Claraval dictó los cánones a seguir para su construcción,
siendo posible “escuchar” todavía los cantos y rezos de los
monjes... En realidad, estamos ante la iglesia más grande de Portugal,
dominada por la austeridad de la regla de San Bernardo y en la que sobresalen
los sepulcros de Don Pedro y Doña Inés de Castro. El claustro
y el refectorio contribuyen también a engrandecer el misticismo que rodea
a este monasterio, declarado Patrimonio de la Humanidad. No obstante, de Alcobaça
no nos podemos marchar sin contemplar tampoco el Museo Nacional del Vino donde,
incluso, se puede apreciar la pelusilla que rodea a los racimos: todo natural.