Ruta 4. De Sines a Santiago Do Cacém. El Alentejo Atlántico
80
kilómetros aproximados
Concurridas
playas, estribaciones montañosas y lagunas tranquilas son una buena opción
para disfrutar del “otro” Alentejo. Y es que nada nos hace recordar
los paisajes robustos y llanos del Alentejo profundo. En estas latitudes, el océano
Atlántico es el protagonista, y desde el faro del Cabo de Sines lo contemplamos
con todo su esplendor.
Uno no parece que
está en el Alentejo. El océano Atlántico golpea con fuerza
la rocosa costa del cabo de Sines, punto geográfico escorado en la esquina
que dibuja Portugal entre los cabos Espichel y San Vicente. El acceso ya no es
como antes, pues los kilómetros de autovía construidos alrededor
de Sines la han acercado un poco más al resto del país.
Fue
en Sines donde nació el navegante Vasco da Gama en el siglo XV. Pasadas
las centurias, hoy como ayer, se sigue honrando aquí al primer europeo
que llegó a la India por la ruta que bordea África; por eso mismo,
Sines sigue abierta al mar, aunque cobijada tras las piedras de su fortaleza medieval
y orgullosa de su capilla de Nuestra Señora de las Salvas. Su puerto oceánico,
como no podía ser de otra forma, es uno de los mejores de Portugal.
En
Sines seguimos el trayecto que nos marca la IC4, que discurre junto a la playa
de Sao Torpes. Desde la IC4 se van sucediendo las pequeñas carreteras que
se acercan hasta los arenales de la zona, donde las aguas atlánticas caen
mansamente sobre el continente. Y es que estamos en una zona donde los acantilados
desaparecen y se originan bellas playas, repletas de algarabía en verano.
Las playas de Morgável y Burrinho acompañan nuestro viaje hasta
Porto Covo, aldea a la que se accede por un estrecho ramal que sale de la IC4.
La
recóndita y coqueta Porto Covo nos invita a perdernos por sus callejuelas,
repletas de las típicas casas con los listones de puertas y ventanas pintados
de azul. Frente a la costa, que aquí está cobijada por acantilados,
la Ilha do Pessegueiro parece querer adentrarnos en el mundo idílico del
Parque Natural del Sudoeste Alentejano, aunque, por lo pronto, las ruinas del
castillo que hay en la isla nos hacen imaginar batallas de tiempos pasados.
De
vuelta a Sines por la IC4, giramos el volante hacia el este para recorrer los
escasos quince kilómetros que separan esta villa de Santiago do Cacém
a través de la IP8. La autovía no depara grandes alegrías
a la vista, pero conforme vamos llegando a Santiago observamos las estribaciones
montañosas de la sierra de Grândola. El castillo, que se remonta
a la época de la dominación musulmana, vuelve a reclamar nuestra
atención. Extramuros de Santiago, por la EN 121, se hallan las ruinas celtas
de Miróbriga, ahora convertida en Estación Arqueológica.
La
N-261 nos lleva desde Santiago do Cacém hasta Santo André, un pueblo
con un marcado acento rural aunque recibe muchas visitas atraídas por la
bella “lagoa” de Santo André. Desde el pueblo sale una carretera
local que nos permite acceder a la laguna tanto por su parte superior como por
la inferior: digamos que la carretera rodea a la laguna. Abierta al mar por una
bella playa, esta laguna es un reclamo para los amantes de la observación
de aves y de los deportes náuticos sin motor. Las pequeñas barcas
llamadas “bateiras” utilizadas para pescar artesanalmente ayudan a
crear un bucólico ambiente.
Para aquellos que
no han quedado satisfechos con la laguna, desde Santo André la EN 261 llega
hasta Melides, una aldea que también se abre al océano con otra
laguna en cuyos alrededores es posible incluso acampar. Naturaleza cien por cien.