Cañonazo de leva |
23/10/04 |
Tras unos días fondeada en la desembocadura
del río Guadalquivir, la Nao Victoria se ha hecho
a la mar en su vuelta al mundo.
LA AVENTURA DE LA NAO VICTORIA.
Tras zarpar del Muelle de las Delicias de Sevilla
el 12 de octubre y realizar una parada de avituallamiento
en Sanlúcar de Barrameda, ya se ha adentrado
en el Atlántico la réplica del barco
con el que Juan Sebastián Elcano completó
la primera vuelta al mundo, entre 1519 y 1522.
La semana que viene llegará a Canarias
y desde allí se dirigirá a las Indias,
donde tiene previsto atracar a finales de noviembre.
Después de atravesar América por
el canal de Panamá, la Nao Victoria cruzará
el Pacífico hasta llegar a Japón,
donde formará parte de la delegación
de España en la Exposición Universal
Aichi 2005. El regreso lo hará por el mar
Rojo y el Mediterráneo, después
de cruzar el canal de Suez. Su llegada al puerto
de Sevilla -tras numerosas escalas por el mundo-
está prevista dentro de 18 meses. Foto:
© Fernando Ruso
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Hoy, como hace cinco siglos, el viento sigue mandando
playa adentro. En la Nao Victoria lo sabemos
muy bien, y por ello decidimos alargar nuestra parada
en Sanlúcar de Barrameda unos días
más de lo previsto esperando el paso de estas
nubes negras traídas por el Suroeste.
En el siglo XVI, los marinos no se planteaban que un
barco de carga pudiera navegar contra el viento; lo
lógico era que el viento le empujara a uno por
detrás y conforme a esa creencia diseñaban
velas y barcos.
A nuestra Nao Victoria, réplica exacta
a las de entonces, tampoco le gusta el viento de cara;
no le gusta el Suroeste cuando quiere ir al Suroeste
y prefiere el Norte, viento en popa para bajar a Canarias.
Estos días en Sanlúcar de Barrameda los
hemos aprovechado para volver a repasar la nao; preparar
un barco para travesías oceánicas requiere
todo el tiempo del mundo. Las listas de comprobaciones
y chequeos son interminables. Cuando crees tenerlo todo
a punto aparece una lista nueva y sin tachaduras que
te vuelve a poner manos a la obra. Nunca esta de más
un nuevo repaso al generador o un nuevo ajuste en las
jarcias.
La estiba de pertrechos, cacharros y equipajes también
requiere su tiempo. Somos 22 personas viviendo en un
espacio que podría parecerse a un autobús
de línea y a los equipajes personales hay que
sumarle alimentos, repuestos, equipos, las maderas de
Indra, nuestro tripulante carpintero, las herramientas
de Marcos (jefe de máquinas), las botellas
de Iñigo (el buzo) y el hospital de Andrés
(el médico), que por ser el último en
llegar con sus bultos todavía anda dando vueltas
sin saber dónde meter las cajas de suero. Es
increíble lo que puede hacer la organización
y el ingenio, porque cabemos.
Descenso a 'La catacumba'
La habitabilidad del barco se reduce a una pequeña
galería en la bodega con dos filas de literas
en las bandas y otra en el centro. La larga escalera
por la que se accede hace que algunos ya le llamen "La
catacumba".
La litera, de 180 por 60 centímetros, es el único
espacio individual, que no íntimo, del barco.
Hace las veces de cama, ropero, sala de lectura y almacén.
Al pasillo entre las líneas de literas les llamamos
calles, a las que le hemos puesto nombre de personajes
y anécdotas de nuestros cuatro meses de convivencia:
calle de "hidromecán", calle Momentito...
Yo vivo en la calle Maestro Calviño litera 14;
mi vecino de al lado es Aurelio, antiguo compañero
del colegio que vive en el 15; y el de arriba, Javi,
que ya pone música a nuestra salida con su guitarra.
Los marinos a los que pretendemos homenajear con nuestro
viaje no contaban con tantas comodidades. La bodega
estaba destinada a la mercancía y los hombres
dormían al raso en cubierta sobre esterones.
Es comprensible que el principal motivo de disputas
fuera el espacio, sobre todo cuando las olas barrían
la cubierta (algo muy normal en estos barcos) y al hacinamiento
se uniera la guerra por ocupar el rincón seco.
Por esto y otras cosas, la expedición Nao
Victoria-España no pretende emular a nuestros
antiguos marinos en rudeza y hombría, que es
imposible, sino rendirles tributo y refrescar su memoria
en el mundo.
Para poder hacerlo, es de destacar el esfuerzo de las
instituciones y empresas privadas que han hecho posible
rescatar la Nao Victoria y emprender esta aventura.
Haber cruzado la barra de Sanlúcar ya es un éxito,
como también lo fue la multitudinaria despedida
en Sevilla. Si no, que le pregunten a Ignacio
y a José, principales promotores del proyecto,
que han sufrido tanto como Magallanes y Falero
para sacar esto adelante, y al puñado de tripulantes
voluntarios que han hecho posible esta aventura dando
lo mejor de ellos mismos a lo largo de cuatro meses
de intensa contrarreloj.
Ahora ha llegado nuestro momento, a pesar de la lluvia
y los truenos y, poco a poco, movidos por la mar revuelta
del Suroeste, vamos dejando atrás la desembocadura
del Guadalquivir y, con ella, las familias, la carrera
a medias de Pablo y Matías, la
empresa de Ignacio, los hijos de Julio y Pepe,
el máster de Aurelio, la novia de Javi, la mía,
la escuela de buceo de Iñigo, el taller de Indra...
Los tripulantes de la Nao Victoria lo hemos dejado
todo durante año y medio para embarcarnos en
esta aventura conscientes de los riesgos que corremos
y, ahora que ya estamos en camino, puede verse en nuestros
ojos esa mezcla de inquietud y alegría propia
del viajero a la hora de la partida.
Desde la toldilla, Manolo Murube, el piloto de
la Nao, pone rumbo Suroeste y nos hace una señal
bajo la atenta mirada de José Luis Ugarte
para que larguemos el trinquete. Ellos son nuestros
patrones, y el que esto escribe sería capaz de
navegar al infierno si fuera con ellos.
Cinco siglos después, una nao negra llamada Victoria,
vuelve a hacerse a la mar rumbo al mundo.
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