Donde termina el Atlántico... |
04/12/04 |
Tras la escala técnica en Barbados, la Nao
Victoria deja el Atlántico y se adentra en el
Caribe.
LLEGADA AL CARIBE. Paso
de las Granadinas, entre las islas de San Vicente
y Bequia. Foto: © A. RUIZ GRANADOS
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MAR CARIBE (13º 20 N-62º 56 W). Poco
cambió el tiempo en los últimos días
atlánticos de la Nao Victoria. Cualquiera
diría que nos estábamos acercando al Caribe.
Las mañanas seguían nubladas y cada tarde,
a la hora del café, comenzaba a llover como si
fuera a acabarse el mundo. No paraba hasta el amanecer.
Las guardias se hacían en trajes de agua y eso
de endulzarse con los chubascos comenzaba a perder su
gracia.
Nos íbamos acercando a la isla de Barbados,
con buen andar y buena vela, y a la tripulación
comenzaban a picarle las ganas de poner pie en tierra,
por aquello de rellenar la gambuza y por ver si nos
sacudíamos de encima las nubes dichosas que nos
venían siguiendo desde Cabo Verde.
Algunos tripulantes teníamos un problema añadido:
llevábamos dos semanas racionando el tabaco.
Los últimos días nos alumbraban 1,2 cigarros
diarios per capita. Es increíble cómo
la mente se adapta a las circunstancias; gente que fumaba
un paquete diario aguantó más de una semana
con ocho pitillos sin un lamento. "Es fácil
dejar de fumar si sabes cómo: embárcate
en la Nao Victoria". ¿La clave? No
hay estancos.
Las tres últimas jornadas navegamos más
rápido de lo acostumbrado, a una media de 5,2
nudos (9,2 kilómetros por hora) adelantando nuestra
llegada a Barbados, que aparecía en el
amanecer del lunes, entre las nubes por la amura de
estribor.
Barbados es la isla más oriental del Caribe
y fue descubierta en 1500 por Vicente Yáñez
Pinzón, que dejó constancia de su
existencia antes de seguir hacia el Amazonas.
Más tarde sería colonizada por los ingleses.
Tras una hora de espera, la Nao Victoria entraba
en el puerto de la capital, Bridgetown, para
atracar sin complejos entre el Queen Mary 2 y
el Carnival Destiny, los dos transatlánticos
más grandes del mundo.
A pesar del adelanto, y gracias a nuestros amigos de
Cepsa Bunker, allí nos aguardaba el señor
Wayne con todo lo necesario. También nos esperaba
una cuadrilla de funcionarios de uniforme impecable
y cara de pocos amigos que no tardaron mucho en hacer
valer sus galones. No podíamos desembarcar sin
resolver antes algunos asuntos burocráticos.
Inmigración, sanidad, policía, declaración
de intenciones y pertenencias, puerto de procedencia
¿Tenerife? Eso no es España;
Tenerife es una isla.
En fin, papeleos que, si no es por la buena mano de
José Luis y Manolo, nos habrían
llevado unos días.
A diez metros del barco se situaba el centro comercial
de la zona franca portuaria: bebidas frías, teléfonos,
tabaco, restaurantes, amables dependientas
y nosotros
sin poder pisar el muelle. A última hora de la
tarde nos dieron el visto bueno. Ya habían cerrado
casi todas las tiendas.
Con la noche partíamos de Bridgetown.
Nos habíamos avituallado de lo necesario, entre
otras cosas de tabaco, aunque de milagro. Ni siquiera
pudimos desembarcar la basura.
La basura en los barcos es un asunto delicado. Los elementos
orgánicos se lanzan al mar, pero la mayoría
de los desperdicios quedan prensados y recogidos en
bolsas para su desembarque en tierra. Esto se lleva
a rajatabla. Es increíble la cantidad de basura
que producen veinte personas durante un mes, consumiendo
sólo los productos más básicos.
De nuevo en camino y con las velas llenas nos dirigimos
rumbo al paso de las Granadinas. Para nuestra
sorpresa, navegamos toda la noche con dos chubascos
encima. Seguían con nosotros... como la basura.
No tardaremos en ponerles nombres.
Adiós al Atlántico
El jueves, al cruzar entre las islas de San Vicente
y Bequia, dejamos atrás definitivamente
el océano Atlántico. Han sido 3.600
millas (6.480 kilómetros) que hemos recorrido
en algo más de un mes sin contar las paradas
en Tenerife y Barbados. Nuestro reto,
superar en velocidad el viaje de Vicente Yáñez
Pinzón en 1499, uno de los más rápidos
recogidos en la época, con una media de 5,3 nudos.
Sin duda, eran otros marinos
y otros alisios.
Celebramos nuestra entrada en el mar Caribe descorchando
una botella de Rioja y metiéndole el cuchillo
a un magnífico queso de oveja que por poco nos
hace llorar. Se lo regaló un amigo a Antonio
Ruiz Granados en Sevilla para que lo abriera en
el Caribe, y no hemos esperado ni diez metros. Muchas
gracias Juan: el queso está de muerte.
Tras el paso por Barbados, la gastronomía
ha recuperado puntos. El toque de los alimentos frescos
se hace notar y relaja la imaginación de los
gambuceros que han hecho maravillas durante los últimos
diez días, cuando los condimentos van escaseando
y la variedad se va haciendo más complicada.
Hemos comenzado también otro de nuestros estudios
y navegaremos hasta Cartagena de Indias con los
instrumentos de navegación del siglo XVI. La
longitud la hallaremos por estima, con ampolleta, compás
y corredera, y la latitud, verdadero quebradero de cabeza,
correrá a cargo del astrolabio y la ballestilla.
No esperamos clavarla a la primera. No es de extrañar
que nuestros primeros cálculos nos sitúen
en Nueva York cuando estemos cerca de Cartagena.
Los partes para los próximos días tienen
buena pinta: vientos favorables de 20 nudos. Si se cumplen,
esperamos llegar en ocho días a Cartagena
de Indias, donde nos esperan con ganas la comunidad
española, varias universidades y nuestros pacientes
patrocinadores, entre ellos la Sociedad Estatal de
Exposiciones Internacionales (SEEI), principal impulsor
de esta vuelta al mundo.
Hasta ahora, navegamos con todas las velas arriba. El
tráfico marítimo ha aumentado notablemente
y las guardias han de emplearse sobre todo durante la
noche. Ya nos hemos cruzado con varios barcos pequeños
de pesca navegando a oscuras. Esto hace necesaria la
presencia continua de un hombre en el castillo de proa.
La comunicación entre el vigía y la popa,
difícil por tener las velas en medio, la hemos
tomado de alguna crónica antigua, así
como el aviso de las vueltas de ampolleta, el reloj
de arena. En las noches las voces cruzan la Nao Victoria:
¡ A Dios pidamos y buen viaje hagamos.
A la que es madre de Dios y abogada nostra que nos libre
de agua, bomba y tormenta!
¡ Ah de la proa!
¿Qué dirá?...
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