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Donde termina el Atlántico...

04/12/04

Por Antonio Fernández Torres SIGUIENTE

Tras la escala técnica en Barbados, la Nao Victoria deja el Atlántico y se adentra en el Caribe.

LLEGADA AL CARIBE. Paso de las Granadinas, entre las islas de San Vicente y Bequia. Foto: © A. RUIZ GRANADOS

MAR CARIBE (13º 20’ N-62º 56’ W).– Poco cambió el tiempo en los últimos días atlánticos de la Nao Victoria. Cualquiera diría que nos estábamos acercando al Caribe. Las mañanas seguían nubladas y cada tarde, a la hora del café, comenzaba a llover como si fuera a acabarse el mundo. No paraba hasta el amanecer. Las guardias se hacían en trajes de agua y eso de endulzarse con los chubascos comenzaba a perder su gracia.

Nos íbamos acercando a la isla de Barbados, con buen andar y buena vela, y a la tripulación comenzaban a picarle las ganas de poner pie en tierra, por aquello de rellenar la gambuza y por ver si nos sacudíamos de encima las nubes dichosas que nos venían siguiendo desde Cabo Verde.

Algunos tripulantes teníamos un problema añadido: llevábamos dos semanas racionando el tabaco. Los últimos días nos alumbraban 1,2 cigarros diarios per capita. Es increíble cómo la mente se adapta a las circunstancias; gente que fumaba un paquete diario aguantó más de una semana con ocho pitillos sin un lamento. "Es fácil dejar de fumar si sabes cómo: embárcate en la Nao Victoria". ¿La clave? No hay estancos.

Las tres últimas jornadas navegamos más rápido de lo acostumbrado, a una media de 5,2 nudos (9,2 kilómetros por hora) adelantando nuestra llegada a Barbados, que aparecía en el amanecer del lunes, entre las nubes por la amura de estribor.

Barbados es la isla más oriental del Caribe y fue descubierta en 1500 por Vicente Yáñez Pinzón, que dejó constancia de su existencia antes de seguir hacia el Amazonas. Más tarde sería colonizada por los ingleses.

Tras una hora de espera, la Nao Victoria entraba en el puerto de la capital, Bridgetown, para atracar sin complejos entre el Queen Mary 2 y el Carnival Destiny, los dos transatlánticos más grandes del mundo.

A pesar del adelanto, y gracias a nuestros amigos de Cepsa Bunker, allí nos aguardaba el señor Wayne con todo lo necesario. También nos esperaba una cuadrilla de funcionarios de uniforme impecable y cara de pocos amigos que no tardaron mucho en hacer valer sus galones. No podíamos desembarcar sin resolver antes algunos asuntos burocráticos. Inmigración, sanidad, policía, declaración de intenciones y pertenencias, puerto de procedencia…

— ¿Tenerife? Eso no es España; Tenerife es una isla.

En fin, papeleos que, si no es por la buena mano de José Luis y Manolo, nos habrían llevado unos días.

A diez metros del barco se situaba el centro comercial de la zona franca portuaria: bebidas frías, teléfonos, tabaco, restaurantes, amables dependientas… y nosotros sin poder pisar el muelle. A última hora de la tarde nos dieron el visto bueno. Ya habían cerrado casi todas las tiendas.

Con la noche partíamos de Bridgetown. Nos habíamos avituallado de lo necesario, entre otras cosas de tabaco, aunque de milagro. Ni siquiera pudimos desembarcar la basura.
La basura en los barcos es un asunto delicado. Los elementos orgánicos se lanzan al mar, pero la mayoría de los desperdicios quedan prensados y recogidos en bolsas para su desembarque en tierra. Esto se lleva a rajatabla. Es increíble la cantidad de basura que producen veinte personas durante un mes, consumiendo sólo los productos más básicos.

De nuevo en camino y con las velas llenas nos dirigimos rumbo al paso de las Granadinas. Para nuestra sorpresa, navegamos toda la noche con dos chubascos encima. Seguían con nosotros... como la basura. No tardaremos en ponerles nombres.

Adiós al Atlántico

El jueves, al cruzar entre las islas de San Vicente y Bequia, dejamos atrás definitivamente el océano Atlántico. Han sido 3.600 millas (6.480 kilómetros) que hemos recorrido en algo más de un mes sin contar las paradas en Tenerife y Barbados. Nuestro reto, superar en velocidad el viaje de Vicente Yáñez Pinzón en 1499, uno de los más rápidos recogidos en la época, con una media de 5,3 nudos. Sin duda, eran otros marinos… y otros alisios.

Celebramos nuestra entrada en el mar Caribe descorchando una botella de Rioja y metiéndole el cuchillo a un magnífico queso de oveja que por poco nos hace llorar. Se lo regaló un amigo a Antonio Ruiz Granados en Sevilla para que lo abriera en el Caribe, y no hemos esperado ni diez metros. Muchas gracias Juan: el queso está de muerte.

Tras el paso por Barbados, la gastronomía ha recuperado puntos. El toque de los alimentos frescos se hace notar y relaja la imaginación de los gambuceros que han hecho maravillas durante los últimos diez días, cuando los condimentos van escaseando y la variedad se va haciendo más complicada.

Hemos comenzado también otro de nuestros estudios y navegaremos hasta Cartagena de Indias con los instrumentos de navegación del siglo XVI. La longitud la hallaremos por estima, con ampolleta, compás y corredera, y la latitud, verdadero quebradero de cabeza, correrá a cargo del astrolabio y la ballestilla. No esperamos clavarla a la primera. No es de extrañar que nuestros primeros cálculos nos sitúen en Nueva York cuando estemos cerca de Cartagena.

Los partes para los próximos días tienen buena pinta: vientos favorables de 20 nudos. Si se cumplen, esperamos llegar en ocho días a Cartagena de Indias, donde nos esperan con ganas la comunidad española, varias universidades y nuestros pacientes patrocinadores, entre ellos la Sociedad Estatal de Exposiciones Internacionales (SEEI), principal impulsor de esta vuelta al mundo.

Hasta ahora, navegamos con todas las velas arriba. El tráfico marítimo ha aumentado notablemente y las guardias han de emplearse sobre todo durante la noche. Ya nos hemos cruzado con varios barcos pequeños de pesca navegando a oscuras. Esto hace necesaria la presencia continua de un hombre en el castillo de proa. La comunicación entre el vigía y la popa, difícil por tener las velas en medio, la hemos tomado de alguna crónica antigua, así como el aviso de las vueltas de ampolleta, el reloj de arena. En las noches las voces cruzan la Nao Victoria:

— ¡ A Dios pidamos y buen viaje hagamos. A la que es madre de Dios y abogada nostra que nos libre de agua, bomba y tormenta!

—¡ Ah de la proa!

—¿Qué dirá?...

Un especial de: Iratxe Rojo y María Cordero / Diseño: Rocío Martínez / Mundinteractivos, S.A. - Política de privacidad