Con el Pacífico por delante
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2/01/05
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La Nao Victoria está a más de 8.000
kilómetros de su próxima escala, Honolulú,
pero la falta de vientos la tiene parada
en el océano, donde la tripulación celebró
la Nochevieja, como narra el cronista de a bordo de
elmundo.es y EL MUNDO de Andalucía.
FELICITACIONES.
Algunos tripulantes de la nao, a las seis de la
tarde, celebran el fin de año en España.
Foto: © A.F.T.
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OCÉANO PACÍFICO (06º 59 N
81º 15 W). "El menú de hoy consiste
en queso y salchichón de la tierra, consomé
del Pacífico, pavo panameño con verduras
de lata de kentaky y puré magi. De postre; dulces
variados, turrón del duro, del blando y del líquido
(Suchard derretido) y polvorones empujados con anís
del mono para evitar congestiones".
Así se anuncia la cena de fin de año
en la Nao Victoria. Los gambuceros tiran la casa por
la ventana a las 48 horas de nuestra salida de la ciudad
de Panamá. La ocasión lo merece.
En la proa, 4.670 millas hasta Honolulu, nuestra
próxima escala: 8.422 kilómetros, y un
momentito que me asome al GPS... a una velocidad,
en estos momentos, que ronda los 3,6 nudos (6,4 kilómetros
por hora). No es que vayamos a tener este viento todos
los días, o al menos eso esperamos, pero me da
pereza sólo pensar cuánto tardaríamos
a esta velocidad... Además, soy de letras y no
manejo cifras tan altas.
Tras librar el tacón panameño de Punta
Mala, ponemos de nuevo rumbo a poniente navegando
casi paralelos a la costa centroamericana, bordeando
Panamá y el litoral de Costa Rica, donde
nos despegaremos definitivamente del continente americano.
El buen viento con el que comenzamos nuestra andadura
pacífica ha ido cayendo poco a poco hasta
dejarnos sumidos en una calma total.
En la tarde de ayer tuvimos que arriar las velas, teníamos
cero vientos; el roce del paño muerto
con las jarcias desgasta las costuras y va lijando las
velas con cada meneo. Nos quedamos sin brisa y sin
sombra. Y no sé qué es más
grave: hace un calor de justicia y el sol castiga las
cubiertas de la nao sin compasión. Las maderas
negras cogen temperatura y supuran resina, la brea huele
con más fuerza y paseamos por el barco buscando
las sombras que, a ciertas horas del día, es
empresa bastante complicada. Si no, que le pregunten
al pasajero a Indias del siglo XVI que nos dejó
escrito algo parecido en una carta: "El terreno
(la cubierta) de este lugar es de tal calidad que cuando
llueve está tieso y cuando los soles son se enternecen
los lodos y se os pegan los pies al suelo, que apenas
los podréis levantar (
) En esta ciudad
oscura y triste; por fuera negra, por dentro negrísima:
suelos negrales, paredes negrunas, habitadores negrazos
y oficiales negretes; y en resolución es tal
que desde el bauprés a la contramesana (
)
no hay en ella cosa que buena sea ni bien parezca".
No sé si por las calmas o el temporal, pero negras
las pasó el hombre.
Fin de año
El alboroto y las felicitaciones se adueñan
hoy de la "rueda de los navegantes". Los
veleros de habla hispana se cruzan "feliz año"
y se mezclan con los mensajes que las familias envían
a través de Rafael del Castillo. El Estrella
del mar nos felicita desde Salvador de Bahía,
el Orión habla desde la costa africana y los
científicos españoles en la Antártida
detallan por las ondas su menú de Nochevieja.
Al final oímos las campanadas y el gentío
de la Puerta del Sol y, por unos momentos, viajamos
por la frecuencia 14358 de SSB hasta nuestros habituales
fin de años.
En la nao son las seis de la tarde y el último
sol del año comienza a ocultarse tras el horizonte,
como siempre, a nuestra proa. Aparece la botella
de anís El mono, los villancicos de Jerez
y alguno decide echarle valor y comerse un
polvorón que a 33 grados a la sombra sabe,
cuando menos, diferente. "Feliz año español
gritamos, el nuestro todavía no ha
llegado".
Poco después el menú anunciado comienza
a hacerse realidad. Javi prepara el consomé
con agua desalinizada; Aurelio le mete el cuchillo
al salchichón y Joaquín e Ignacio ponen
al fuego el pavo panameño. El día
acompaña a las labores de cocina, esto está
como una charca.
A nuestro lado, un mercante navega despacio en dirección
opuesta. José Manuel, más conocido como
"Jotaeme", nuestro operador de radio,
contacta con ellos por el canal 16 para apuntar datos
a su "memoria de telecomunicaciones". Se llama
"Jolbos", es cubano y viene cargado de arroz
desde Vietnam. Va de regreso a la Habana y su tripulación
lleva siete meses de viaje.
La cena de Nochevieja comienza con el sorteo de
los muslos del pavo y resulta que éste tiene
tres. Que nos lo expliquen
Los afortunados son
Joaquín, Jotaeme y, a última hora, con
el hallazgo, Ignacio. Nos sentamos en la mesa y dejamos
el puente vacío, la guardia "C", con
turno de 8 a 12 vigila el horizonte por si tenemos vecinos
mientras la Victoria flota a la deriva en la más
absoluta de las calmas del Pacífico.
Con las doce en el reloj de bitácora, Ignacio
da las campanadas que anuncian el año nuevo
en la campana que llama a diario a la mesa. Andrés
y Javi consiguieron las uvas en el último momento.
Reunión en la tolda, se descorcha el champaña,
vuelve el anís y lo que hay a mano abstenerse
tripulantes de guardia, de nuevo villancicos,
polvorones y abrazos a discreción.
No tarda mucho en volver todo a la normalidad, en un
par de horas la guardia campea de nuevo por el puente
en silencio con algunos rezagados velando la Nochevieja.
A las cuatro de la mañana entramos de guardia
el grupo "B" y todo está igual
que cualquier otra noche; el viento sigue desaparecido,
la mar llana como un lago y la Victoria navegando allí
donde la corriente de un nudo le manda. Llevamos tres
días de travesía y es como si no hubiéramos
parado nunca. Los recuerdos de Cartagena y Panamá
son como un sueño. La vuelta a las literas,
las guardias y los cabos de cáñamo se
aceptan como si fueran nuestro estado natural. De nuevo
nosotros, la Victoria y el Océano.
Desde cualquier lugar del Pacífico, este
puñado de hombres le desea al mundo un feliz
2005 y que en el año que entra sean olas
de paz y generosidad las que inunden de una maldita
vez la tierra y el corazón de los hombres.
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