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Donde mueren los alisios

16/04/05

Por Antonio Fernández TorresSIGUIENTE

La Nao Victoria dice adiós con cierta nostalgia a las islas Marianas y comienza a surcar el Mar del Pacífico, acercándose ya a las aguas de Japón.

NUEVO RETO. Puesta de sol en el Mar de Filipinas mientras la Nao Victoria surca sus aguas. Foto: © Aurelio García.

18º 24’ N; 142º 46’ E; MAR DE FILIPINAS.— El remolcador que escolta a la Victoria entre los arrecifes pone de nuevo rumbo a su puerto. Nos despide con un bocinazo de adiós y un grito de buena suerte, que de marino a marino, adquiere la dimensión de un «buena suerte» entre toreros. Saipan va quedando a la popa y Aurelio la ve alejarse asomado en el castillo de proa apurando uno de esos cigarrillos que no hemos podido dejar.

–«Es una sensación extraña. Antes, durante las primeras travesías, más bien experimentaba lo contrario...».

Nacio en Écija, es historiador y fotógrafo y el día que se embarcó en Sevilla dejaba atrás novia y e lmaster en restauración de una prestigiosa escuela. Se hacía a la mar sin ninguna experiencia previa. Sigo atento a sus palabras. Y me parece oír hablar a un marino:

–«Ahora, al partir de cualquier puerto, siento una sensación de tranquilidad y alivio como nunca antes la había sentido. Es como si el mundo quedara atrás y sólo nuestra estela nos recordara vagamente de dónde venimos... Te introduces en un mundo mágico y misterioso, rodeado de la naturaleza más bestial. Te sientes amparado sólo por las estrellas, el cielo y el viento; sólo ellos conocen nuestras vivencias, porque... Luego, cuando intentas transmitirlas, nunca llegas a explicar lo que realmente es esto».

Con cuatro mares a sus espaldas sonríe y me recuerda las dificultades que tuvo al embarcar en Sevilla:

–«Las palabras que más oía esos días eran «tú estas loco», y ahora ya ves, me siento el hombre más dichoso del mundo. Nunca podré olvidar este viaje y todo lo que me está aportando».

Los quince tripulantes de la Victoria vivieron algo parecido los meses previos a la salida. Son los mismos que ahora largan los tomadores que engurruñan las velas, aferran las vergas izadas por veinte brazos todos a una y respiran hondo ante la última travesía de esta primera etapa de la Nao Victoria en su vuelta al mundo.

El remolcador es ya sólo una mancha en el horizonte, la Victoria navega de nuevo con sus velas llenas de viento rumbo al norte, su proa quiere apuntar ya al Japón, pero Manolo la deja caer al oeste. Hay que dominar la querencia, el camino más corto no es siempre el camino bueno y en estas últimas 1.800 millas en las que subiremos el paralelo 15º al 35º, abandonaremos definitivamente los alisios del Pacífico, haremos frente a los vientos del Norte que se vuelven en las islas de Japón y desempolvaremos ya por fin –aunque no hay muchas ganas– la ropa de abrigo, pues la temperatura irá descendiendo a medida que avancemos. Manolo Murube, nuestro piloto, y a veces brujo, nos explica detenidamente su estrategia ante esta complicada travesía con ese afán que le caracteriza de que todos sepamos el porqué hacemos las cosas.

«Vamos a engolfarnos hacia el oeste para coger el viento por el través e iremos haciendo una curva amediada que vaya rolando el viento. De esta manera haremos unas 500 millas más que a rumbo directo, pero evitaremos las colas de las borrascas que bajan por Japón y aprovecharemos la corriente de Kuro Shivo».

En la navegación a vela no siempre dos más dos suman cuatro, y en una nao con los medios del siglo XVI, en la que los rumbos posibles se reducen a dejar los vientos por la popa suelen sumar veinticatorce. «Yo no he inventado nada, esto es lo que han hecho los barcos de vela en esta zona durante toda la historia». Ugarte lo mira y asiente. Si ellos lo dicen... como si tenemos que poner proa a Australia.

Al doblar isla Mahanaga, con su relieve recortado por los bunkers y cañones de la segunda guerra mundial, se pasa al pinzotero el nuevo rumbo, un 310º y dejamos atrás definitivamente las islas Marianas. Muchos son los recuerdos que nos llevamos de Las Marianas. Las miles de visitas recibidas a bordo, que nos hicieron ampliar en un día nuestra apertura al público. Los collares, camisetas y cestas de fruta que nos regalando los invitados.

Pero ahora el suave viento del Nordeste y una mar tranquila nos reciben en el Mar de Filipinas haciendo que el optimismo se extienda por cubierta. Los nortes acechan y a medida que vamos ganando latitud las probabilidades de encontrarnos con ellos van siendo mayores. Según las cartas de viento, la zona por la que navegamos es donde vienen a morir los alisios. Sin embargo, en esta mañana de abril, y animado quizás por las risas y el jaleo de la guardia de prima, el viento rola al este-nordeste viniéndose a la popa. Desde tierra puede parecer insignificante que el viento cambie una cuarta a un lado u otro, pero en la mar es motivo suficiente para que se vivan abrazos, aplausos y saltos de alegría.

Seguimos navegando rápidos y Japón se acerca. Al despuntar el alba las cruces de Santiago se estiran en las velas llenas de alisios y el olor a café comienza a subir por el puente. La guardia entrante comienza a tomar la cubierta y el puente, y la saliente, tras otra larga noche de sueño perdido va desapareciendo por la empinada escalera que conduce a las literas. Todos menos Aurelio, que pasea por cubierta regalando a su cámara de fotos unos minutos de sueño, buscando esa imagen que intente explicar qué es esto.

Un especial de: Iratxe Rojo y María Cordero / Diseño: Rocío Martínez / Mundinteractivos, S.A. - Política de privacidad