¡Yokokoso Nibou e Nao Victoria! |
01/05/05 | Seis meses después de partir desde Sevilla, la embarcación
atraca en el puerto de Tokio. El cronista de elmundo.es y El Mundo de Andalucía
cuenta la experiencia.
CELEBRACIONES. Los tripulantes de la Nao Victoria
celebran su llegada al puerto de Japón. Foto: EFE. | MUELLE
DE ODAIBA, TOKIO (JAPON).-Al fin teníamos la costa de Japón a la
vista y ya no había quien parara a la Nao Victoria. Empujada por la corriente
de Kuroshivo navegaba sin nosotros pretenderlo a más de seis
nudos con los motores apagados y sin velas, arrastrada por esta autopista de aguas
negras rumbo a la ciudad de Tokio.
A manera de despedida, y ya en la inmensa
bahía que se abre en Tateyama, el viento nos tenía preparada
una sorpresa de ésas que no tienen gracia: 40 nudos y marejada. Las
últimas guardias nocturnas que Joaquín bautizó con su voz
ronca como «la noche de la Bahía de Tokio», la pasamos
paradojas de la vida frenando la Nao Victoria, entre olón va
y chapuzón viene. No tardó en llegar el amanecer y, con él,
el práctico del puerto vestido con un impecable traje de raya diplomática
que a punto estuvo de matarse al pasar de un barco a otro para darnos la entrada.
Algo
más de seis meses nos separan de aquel momento en que, despedidos por
miles de personas, dejábamos atrás el muelle de las Delicias y la
ciudad de Sevilla. Mucha gente pensaba por entonces que esta aventura no era propia
de personas muy cuerdas, y que probablemente no llegaríamos a ningún
lado. Nosotros mismos, que veíamos alejarse nuestra tierra y a los nuestros
diciendo adiós con todo un mundo por delante, no odiamos evitar decirnos
los unos a los otros esa frase que hicieran famosa Los chanclas: «¿Japón?...
Mira que está lejos Japón...».
Sin embargo, medio
año más tarde, ahí estábamos, entrando en el inmenso
puerto de Tokio bajo el puente de Rainbow y con el muelle de Odaiba a tiro
de amarra, donde periodistas, curiosos y algunos familiares nos esperaban.
Entre el comité de bienvenida, se encontraba un grupo de japoneses con
un inmenso cartel que decía: «Bienvenida Nao Victoria».
Al
conocerlos poco después, descubrimos que eran seguidores de nuestro proyecto
desde que éste fuera anunciado en Japón como contenido del Pabellón
de España. No habíamos iniciado el viaje todavía, pero
desde entonces nos han seguido a diario a través de la página web,
sabiéndose de memoria la vida, obra y milagros de la Nao y los niños
de la Victoria.
La alegría contenida durante la maniobra estalló
en el momento en que Manolo le pidió a Luis Torres que parara el motor;
esta primera etapa de la vuelta al mundo había terminado: «Templad
bien las amarras, que aquí nos quedamos una temporada». Entonces
estallaron los abrazos y una alegría que llevamos imaginando meses y muchas
millas. Antonio hizo sonar la bocina hasta cansarse, nos duchamos en champán,
gritamos y nos dimos la enhorabuena entre compañeros navegantes de un viaje
que ha sido largo y duro; a veces demasiado duro.
Entre tanto, las autoridades
niponas esperaban con los ojos tan abiertos que parecían occidentales
que aquel baile de locos se tranquilizara para proceder con el papeleo burocrático
propio de las llegadas a puerto, avisándonos de que hasta entonces no podría
embarcar ni pisar tierra nadie. José Luis les explicaba que esto es lo
que en el sur de España se conoce como un «jaleo» y
que terminaría pronto, mientras Manolo intentaba poner algo de orden para
que al menos no los ducharan también a ellos.
Una vez despachado
con inmigración, aduana, policía y todo aquel que vino pidiendo
papeles, los familiares pudieron abrazar a los tripulantes; llegó la nevera
de bebidas frías y el tabaco que se había acabado cuatro días
antes. Corrió el sake y terminamos todos metidos en la toldilla
comiendo sushi y escuchando sevillanas, incluidos el consignatario, los
periodistas, los curiosos y nuestros «fans» orientales de la pancarta.
Antes
de salir del barco para ir a un hotel cercano con el que la organización
había premiado nuestra llegada, Javi obligó a los tripulantes a
pasar por la báscula para recoger los datos de su estudio sobre las grasas;
«que luego se me desmadran con la comida autóctona y los pesos no
me valen...». Lejos de la bulla y las risas de los kilos, sentado sobre
un noray del puerto, Antonio Ruiz Granados miraba la Nao con Tokio de fondo. Lleva
desde mayo de 2004 como voluntario en este proyecto, dedicado a él por
completo y trabajando duro. Nadie le molesta. Es su momento.
Cada semana,
el periódico Elmundo.es y El Mundo de Andalucía han venido
abriendo una ventana a los diferentes mares y océanos que hemos ido recorriendo.
Quizás no lo sepan pero, para las familias de los «niños»
de la Nao Victoria, estos han sido muchas veces los únicos medios para
saber de los suyos mientras navegaban.
El mérito de estas crónicas
no está en escribirlas, sino en protagonizarlas, por ello, hoy, 30 de abril
[por ayer], es el momento de estos 17 tripulantes que, navegando a través
del océano Atlántico, el mar Caribe, el océano Pacífico
y el mar de Filipinas, a vela y sin ninguna embarcación de apoyo, han conseguido
traer la Nao Victoria a Japón y a este escaparate mundial que, durante
los próximos meses, será el Pabellón de España en
la Expo Aichí 2005.
No todos los que comenzaron esta aventura
en octubre han conseguido llegar hasta aquí, pero ninguno necesita
justificarse, sólo ellos saben las circunstancias y la dureza en las que
nos hemos desenvuelto durante todo este tiempo, y todos ellos cumplieron como
excelentes marinos, contribuyendo al éxito de esta empresa.
Atardece
en el centro de Tokio. El sol se pone, como siempre, a la proa de la Victoria,
aunque esta vez tras las moles de hormigón y cristal que recortan esta
ciudad sin cielo. Seguramente lo eche de menos, él es el que marca
el camino a Sevilla.
Todo se andará, barco negro, sólo
quedan cinco meses para meterle mano al Indico...
Nota
a las 21.00 horas
Tras quince días de mar y agua helada,
dejamos al distrito de Ariake sin agua caliente. Cenamos en el inmenso buffet
del hotel hasta que nos echan. Todos preguntan a Javi dónde están
los cubiertos y el pan y éste responde que si nos creemos que esto es la
gambuza, que él qué sabe. Indra se ha afeitado la barba y
no lo reconocemos.
En la cena, la conversación no gira sobre mares
y batallas. La acaparan los wc que te limpian lo que dijimos automáticamente.
Aurelio
tiene problemas con los palillos y José Luis con el japonés.
Las habitaciones son individuales y JM dice que no sabe si podrá
dormir solo después de seis meses durmiendo como sardinas en lata. |