JOSÉ LUIS DE UGARTE.
CAPITÁN DE LA NAO VICTORIA
El hombre sin edad...
Cuando arribó exhausto al puerto Francesdeles Sables D'Olonne, después de 135 días de lucha, en simbiosis con su pequeño velero alrededor del mundo, dijo «nunca más». Tenía 64 años, para 65, y todos le creyeron. Hoy, 11 años después, capitanea una réplica de la Nao Victoria para emular la hazaña de Juan Sebastián Elcano..
José Luis de UgarteNació
en Las Arenas (Getxo), el 6 de Noviembre de 1928.
Ha participado en las más importantes aventuras
de la navegación en solitario. Su último
reto, hacer la ruta de Juan Sebastián Elcano
con una réplica de la Nao Victoria. Foto:
© Fernando Ruso
|
...algún día pasará a la Historia. Si uno piensa en
aventuras, la mente vuela hacia Robert Louis Stevenson;
si lo hace sobre el mar, Conrad y Melville son los nombres
que automáticamente vienen a nuestro pensamiento; si
juntamos aventuras y mar, el inexcusable personaje que
nos sugiere la memoria, menos tortuoso y más satisfecho
de sí mismo, es José Luis de Ugarte.
Desde lo alto de sus 76 años, Ugarte sigue sin
sentirse siquiera mayor, mucho menos viejo. Si acaso,
más experto. Una experiencia acumulada a lo largo de
siete intensas décadas dedicadas por entero a su compañera
inseparable, la mar.
José Luis de Ugarte es marino porque sí. Nunca deseó
ser otra cosa y a ello dedicó todos sus esfuerzos desde
que tuvo capacidad de discernimiento. Rodeado de pescadores
y marinos desde su más tierna infancia, en su Getxo
natal, el mar fue más que un anhelo una obsesión. Por
hacer, hasta hizo la mili en la Marina, a bordo
de la fragata Martín Alonso Pinzón.
Acabó así con sus huesos, felices eso sí, en la marina
mercante, incluso en la británica. Pero a Ugarte, al
niño, al joven, al adulto, lo que de verdad le gustaba
era la navegación a vela. "Qué pena no haber
nacido antes para haber navegado en los clippers", dijo
una vez. Con esa idea, después de un largo periplo,
desembarcó en Liverpool, donde se casó y estableció
un negocio como provisionista de barcos.
En cuanto pudo, adquirió un viejo pesquero de vela
averiado, de 1907, de nombre Orion. A
principios de los 70, se trasladó a Bilbao y se llevó
consigo su preciado barco. Sería su primera larga
travesía en solitario. Y, claro, le cogió gusto
al asunto.
Lo que sucedió en su vida en los 20 años posteriores
fue una escalada in crescendo de emociones y
hazañas náuticas, siempre en solitario. Primero fue
la regata Falmouth-Azores-Falmouth (la Azab), en
1979. 2.400 millas de recorrido y un más que meritorio
segundo puesto le valieron para ser invitado, un año
más tarde, a la Ostar 80, 3.000 millas de Atlántico
Norte en ceñida, desde Plymouth hasta Newport, en Estados
Unidos. La desgracia quiso que se le partiera el stay
de proa a su Northwind cuando iba en primera posición,
lo que le obligó a desviarse a las Azores para reparar
la avería. Cuatro años después regresó a esta regata,
quedó tercero.
El espaldarazo que necesitaba para plantearse retos
mayores lo obtuvo a finales de los 80, cuando en su
regreso a la Azab logró la victoria en todas las
clases y cuando obtuvo un meritorio tercer puesto
en monocascos en la Carlstar 88. En el horizonte apuntaba
ya la BOC Challenge 90/91 around alone, una vuelta
al mundo en solitario dividida en cuatro etapas, en
la que consiguió lo más importante, terminar. El puesto,
noveno, era lo de menos. Atrás, después demás de 140
días, quedaban experiencias inolvidables, como esa visión
que tuvo, cerca del Polo Sur, de una impresionante aurora
polar, y otras sorpresas, como un choque con una
ballena, camino de Sydney, que estuvo a punto de destrozar
su barco.
La verdadera aventura, no obstante, estaba por llegar,
y fue la que puso en boca de todos el nombre de este
hombre de otro tiempo, émulo de imaginarios Achabs o
más reales Shackelton o Ad-mundsen. Su nombre: Vendée
Globe 1993, una nueva vuelta al mundo en solitario,
pero en esta ocasión sin escalas y sin ayudas externas,
una prueba calificada por muchos como suicida, un auténtico
descenso a los infiernos, la regata más arriesgada de
todos los tiempos. Y allí, con 64 años, camino
de los 65, decidió José Luis que estaba su lugar. No
quería demostrarse nada, no era el enfrentamiento entre
el viejo y el mar; no para Ugarte.
Cuando 135 días más tarde de su salida, regresaba al
puerto francés de Les Sables d’Olonne con su destartalado
Euskadi Europa 93, ni siquiera el apoteósico recibimiento,
que le brindó una multitud que aguantó estoicamente
el mal tiempo para agasajarle, libró de su cabeza los
terribles momentos vividos, que se fueron conociendo
con cuentagotas. Dos compañeros de regata muertos,
una vía de agua en su barco que le hizo pensar seria
y fríamente en la muerte, escasez de víveres y la ausencia
total de viento que le retuvo siete días en el Ecuador
y que estuvo a punto de acabar con él psicológicamente,
llevaron a Ugarte a expresarse con meridiana claridad,
en medio del gentío, tras el abrazo con su mujer Edith:
«No era tan fuerte como creía», dijo de
sí mismo. «Es una prueba inhumana. Nunca más;
es algo que sólo se puede hacer una vez en la vida»...,
si se tiene suerte de poder contarlo. Y José Luis pudo.
Once años después, Ugarte, José Luis, vuelve
a las andadas náuticas. Mirando de reojo el Euskadi
Europa 93, varado en el dique seco del Museo Marítimo
de la Ría de Bilbao como testigo de su hazaña, siente
de nuevo la llamada de esa mar que nunca ha abandonado
y en la que ha vivido incluso el nacimiento de su nieto.
Embarcado desde el 22 de octubre, vuelve a sentirse
el curtido y veterano lobo de mar que figura en el imaginario
popular. La apuesta vuelve a ser dar la vuelta al
mundo (y van cuatro); esta vez, siguiendo la huella
del más importante marino vasco, de su tierra, Juan
Sebastián Elcano. A bordo de una réplica modernizada
y con motor de auxilio, para evitar las calmas chichas,
de la histórica nao Victoria. Eso sí, nada de soledad.
Para la ocasión, se ha rodeado de un grupo de 20
personas, entre expertos marineros y científicos,
que harán más llevadera la monotonía alrededor del orbe
por el gran azul.
Aún tiene tiempo para tener un ojo en Valencia y el
desarrollo de la Copa América («va a influir
muy positivamente en el nivel del deporte de la vela
en España»),y navegar, más tranquilamente y sin
peligros, por la Red de redes. Lo que no significa,
ni mucho menos, que vaya a colgar la caña. Sigue sintiéndose,
viviendo joven, amando la mar como la primera vez que
miró el Cantábrico y se imaginó a bordo de aquellos
grandes veleros. Y es que si alguien mereció alguna
vez ser gaviota o espuma marina, ése es, sin duda, José
Luis de Ugarte.
Ugarte ha utilizado una réplica
de la Nao Victoria para su última aventura
rumbo a Japón. Ilustración: ©
Arturo Asensio
|
|